Ahora recuerdo cuando estaba en el colegio, a eso de los catorce o quince años, cuando pensaba en alguien de treinta, siempre me imaginaba a un señor, o una señora, pero cuando me imaginaba a mí mismo a esa edad, siempre veía esa época muy lejana y obviamente me imaginaba ya hecho todo un señor como los que veía en la calle. Ahora estoy a pocos meses de esa fecha y me parece que el tiempo poco ha pasado desde que esa época. honestamente, ser un señor es un tema que aún no se me pasa por la cabeza, aunque a los ojos de cualquier pendejo de catorce o quince años que me vea por la calle, si lo soy. Lo que no puedo negar, y muy a mi pesar, son los pequeños síntomas que han comenzado a manifestarse, que no sé si de deban propiamente a la edad, pero que seguro no se tienen en la adolescencia.
Todo estaba listo, logró conseguir los ingredientes para la cena que tanto quería prepararle, quería seducirla con la comida, tratando de cambiar la rutina creada por muchas noches de trasnocho y trabajo nocturno, de domicilios y comida chatarra o de compras rápidas para llevar en algún restaurante cercano. Él solo quería compratirle un poco de la pasión que sentía cada vez que preparaba algo que realmente le gustaba. Antes de esa noche eran como adolescentes, la tensión siempre estaba ahí, todas las noches, en cada mirada, en cada saludo y cada abrazo.
Cuando ella tocó la puerta, no dijo nada, ni siquiera el acostumbrado hola, simplemente lo saludó con un beso, después de muchos besos esquiniados, como ella los llamaba, el primer beso despertó lo que para él fueron los labios mejor probados. Dejaron de ser besos robados, de ahí en adelante todo lo que vino fueron besos reales, cada uno con un significado, con una intensión y una pasión diferentes, de ahí en adelante él comprendió que a veces las mejores preparaciones son la que se hacen a fuego lento, una cocción a temperatura baja que parte de los ingredientes más básicos, del agua o de una simple mirada, que lleva tiempo pero que eventualmente toman forma, sabores y texturas a medida que se van incorporando más ingredientes, más vivencias, más sentimientos. Y ahí estoy… a fuego lento.
“Quiero poder amarte sin aferrarme,
apreciarte sin juzgarte,
encontrarte sin agobiarte,
invitarte sin insistencia,
dejarte sin culpabilidad,
criticarte sin censurarte,
ayudarte sin disminuirte.
Si quieres concederme lo mismo,
entonces realmente podremos reunirnos
y ayudarnos a crecer mutuamente.”
Virginia Satir - Ale
Una representación de Romeo y Julieta en en el subte es algo bien inusual, no deja de sorprenderme esta ciudad. Romeo contaba que se había saltado los torniquetes siguiéndola, Julieta le hablaba de las consecuencia y que podían ponerle una multa por hacer eso; “es preferible una multa o incluso que me lleven preso por saltarme los torniquetes del subte a no tener tu amor mi amada Julieta”. Al final, todos en el vagón aplaudimos y pasan la gorra.
Pasó casi un mes para volver a escribir algo que pueda ser publicable. Completamente apático a la escritura, incluso a la lectura misma. Pero luego de una semana en Baires, voy sintiendo la necesidad de seguir haciendo catarsis. Los sentimientos ambiguos no dejan de invadirme. De alguna forma pasó algo que no quería que pasara: mi mente todavía está allá y la tengo clavada entre ceja y ceja, pero mi norte es otro, acá en el sur. Un nuevo comienzo, la continuación de un proceso que comenzó hace poco más de un año, que si tendría que resumirlo diría que es simplemente la busqueda de la tranquilidad. Tranquilidad que no tenía allá con las cosas que hacía, que aún no tengo acá pero que estoy seguro de que llegará. Lo que queda es estabilizarse, adaptarse y preparar la mente y el cuerpo y recibir todo lo que está por venir. Esto apenas comienza.
Sin un mango, como dicen acá cuando no hay plata, con la preocupación del trabajo, o de la falta de uno, con la preocupación de la vivienda, o la falta de una; con la preocupación de de la universidad, o la falta de una, porque al paso que vamos este año no será de estudio, la burocracia en su máxima expresión también está en la academia.
Afuera los árboles caían, la ciudad se inundaba, 17 personas muertas y edificios destruidos. Adentro, estábamos completamente mojados, escurriendo y, justo en ese momento, entiendo que es lo que pasa: Estoy parado en la mitad del campo del Monumental de River, con las luces del estadio encendidas, con toda la majestuosidad que un estadio lleno puede ofrecer. La energía del momento disipan el frío y el cansancio, pero esto va más allá de Foo Fighters, es la representación y el significado que tiene el momento, sentirse putamente vivo. Que buen comienzo de temporada. Un buen augurio de todo lo que se viene por vivir.
Y dí vueltas por ahí y la ciudad me envolvió. Pegadito al Paraná comí surubí, tome el sol y uno que otro fernet. Pero fue la noche la que me tomó a mí, desprevenido, caminado por el malecón miro hacía el río y veo una luna mas naranjada y más grande que “las” lunas que vemos desde pequeños, y a medida que subía, su reflejo en en río se iba haciendo más claro, su naranja más pálido pero su blanco más brillante. No habían cámaras, solo mis ojos que en un momento me querían traicionar y se iban tornando vidriosos. No había música, solo un rosarino que cantaba para mí en mi cabeza, y una sonrisa como la que tengo ahora cuando recuerdo.
Ella estaba cansada de ese día a día sin sentido, de tener que acostarse por dinero con personas que encontraba físicamente desagradables. A veces, mientras fingía el orgasmo, aprovechaba para enrrollarse la sabana en la cara, o volteaba la cabeza por fuera por el borde de la cama para vomitar un poco. No soportaba ese olor de camionero sudando después de un día de trabajo mientras la penetraba. No soportaba ese peso sobre su vientre, no soportaba tener que aparentar que le gustaba, y que en vez de decirles “ay papi” en realidad prefería escupirles en la cara y quedarse con el dinero.
Eran muchos años ya desde que decidió dejar el colegio, cuando ese tipo en una burbuja le dijo que ella era demasiado hermosa para estar perdiendo el tiempo en esas cosas de niñas. Ese tipo, el mismo tipo que la embarazó y la golpeó para que nada naciera, el mismo que la golpeaba porque no quería compartir su belleza con nadie más, el mismo que la encadenaba a la cama una que otra vez para que no viera a sus amigas.
Ella lo trató como a todos sus todos sus clientes, como una puta. Él la trató como siempre lo hizo desde que la sacó del colegio, como a una puta. No lo reconoció. Pero ahora, en la cama, justo cuando estaba a punto de penetrarla, todo fue tan claro que no pudo ocultar su asco, no necesitó fingir un orgasmo para vomitar, no tuvo que decir “ay papi” porque esta vez escupió y gritó tan fuerte como pudo. Apretó las muelas, alcanzó su bolso y de un solo tiro cerró sus ojos para siempre.
Es tan duro dejar de existir, dejar de estar dentro de algo. El verdadero dolor es sentir cómo se desplaza nuestro pensamiento en uno mismo. Pero el pensamiento como un punto no es seguramente un sufrimiento.
Estoy en ese instante en que no me aferro más a la vida, pero llevo conmigo todos los apetitos y las insistentes titilaciones del ser. No tengo más que una ocupación: volverme a hacer.
Antonin Artaud en El pesa-nervios.
(vía cuartoscuros)
No se si atreverme a decir que este es un país sin memoria. Sé que no he sido el primero en hacerlo ni seré el último, pero de vez en cuando, cuando hago el ejercicio de ver televisión nacional, veo cómo los medios van tratando de sumirnos en un letargo, algo así como una especie de lobotomía controlada con la información que debemos tener o no en la cabeza.
En la oficina hablaban de la novela del día anterior y de como la perra de asunción le montó los cachos al otro protagonista que no recuerdo como se llama, o de cómo el reguetonero tal terminó a los puños con el salsero tal. Mientras que algunos canales de televisión, pública obviamente, pasaban un documental sobre la impunidad y la falta de justicia de los desaparecidos en el país durante los últimos años, de como los ex jefes paramilitares pagan condenas en cárceles de la Florida por narcotráfico mientras que los crímenes, las masacres y los cuarenta y pico de mil desaparecidos que ha dejado la guerra interna, siguen sin aparecer, siguen sin esclarecerse. De como alias HH, uno de los pocos que quedaba sin ser extraditado, una vez comenzó a dar nombres y relatar su versión de los hechos donde inculpaba a importantes miembros de las fuerzas armadas y altos funcionarios del gobierno, fue extraditado bajo el pretexto de que “tenemos que colaborar con el gobierno estadounidense” para que se haga justicia por los crímenes cometidos por nacionales en ese país.
Minutos después, las declaraciones de última hora de Don Berna desde la Florida ante un fiscal Colombiano “que el secretario de la presidencia esto, que la directora de DAS aquello, que El DAS estaba al servicio de los paramilitares…” y así seguía. “¡Qué gran noticia!” pensaba yo, “seguro en otros canales también deben estar comentándola”. Pero no, las novelas seguían su curso y la noticia más importante a lo mejor era que Jotamario dijo algo sobre una modelo y que a Gregorio Pernía no le gustó mucho el comentario.
Al día siguiente, busco a la versión on line de todos los diarios, o al menos los más importantes del país, confiado de que las declaraciones del “ex” paramilitar iban a ser el titular del día, pero no. Algunos lo registraron, Semana fue la única que la tenía como una noticia de última hora, en El Tiempo estaba abajo, casi al final de la página, de El Colombiano ni se hable, esa noticia nunca existió y mientras trataba de encontrar algo más de información sobre el tema, mis compañeras de oficina hablaban de la novela o de como debían cuidarse el cabello, cosa que es importante, en serio lo creo, pero lo que no me cuadra es que no sepan quien es don Berna, o que no les interese en lo más mínimo y, la verdad, no las culpo, no tienen forma de enterarse.
Porque en este país nos indignamos con el señor que mató a su esposa porque nunca le dio hijos varones y los noticieros se pueden gastar hasta cinco o diez minutos de su tiempo al aire para “analizar la noticia”, o se nos cae la cara cuando el cazanoticias descubre un nuevo hueco en la capital. Pero al final todo terminará bien, porque en los últimos veinte o a veces treinta minutos del noticiero una “periodista” con poca ropa nos va a contar los chimes de la farándula y el entretenimiento, para dejarnos con una sonrisa en la cara y la sensación de que “todo está bien”.
Todo terminará en veinte minutos en una autopista de la ciudad. Recuerdo su sangre y todavía las luces de las ambulancias y del camión de bomberos tienen mi pupila dilatada. Ella pasaba, simplemente eso, pasaba. Su único objetivo era el otro extremo de la calle, el que queda al lado del río, donde vivía bajo el abrigo de unos cartones y unos plásticos. No sé cuanto tiempo llevaba ahí tendida, pero parecía que estaba completamente viva; sus ojos quizá nunca habían mostrado tanta ternura en vida y el color de su sangre estaba tan vivo como ella unos minutos atrás, antes de encontrarse con el Fiat blanco que le había quitado la vida. Los taxistas que pasaban solo disminuían la velocidad para poder nutrirse de ese amarillismo banal y frívolo, mañana solo será una historia más en boca de algún curioso, y solo será otra indigente más que muere una madrugada en este pueblito. Nadie preguntará por ella en la morgue, no hay nadie preguntando por ella en los hospitales. La facultad de medicina le tiene un lugar reservado. Ahora, muerta, alguien por fin va a prestarle atención. Hora cero. veinte minutos, es como recoger venados muertos al lado de la carretera, solo para que no cause otro accidente.
Es claro para quien haya leido este blog, que no soy para nada instruido en este ejercicio de escribir. Sentarse a escribir sin una idea clara me resulta tan incomprensible como escribir alguna historia que se vaya dejando contar, de esas que estan en mi cabeza o de esas que estan en en la calle, en el metro (cuando montaba), o simplemente de esas que pasan a diario en la ciudad, en las noticias, en el trabajo, es tratar de poner en palabras ese microcosmos en el que vivo y que me acompaña en todo lo que hago, la verdad nunca tengo nada claro y nunca estoy satisfecho con nada de lo que escribo, seguro que cuando pare y relea estas palabras voy a querer borrarlas pensando que a nadie le va a gustar o que me van a juzgar por no escribir cosas buenas o por no escribir bien las cosas. Al final termino siendo yo quien me juzgo, y la cosa concluye cuando recuerdo por qué comencé un blog y la respuesta siempre es clara ¡vos no escribís para nadie, guevón! y click en “publicar ahora”.
Hace una semana comencé a nadar después de más de un año, de hecho comencé a entrenar hockey sub acuático, si yo sé que nadie lo conoce, no es relevante, el caso es que entrenar una cosa que consiste en arrastrar un disco de plomo en el fondo de una piscina de 2.8 metros de profundidad, mientras que mis pulmones me suplican “hey, pero que pasó?, no nos hagas esto, no te hicimos nada” puedo escucharlos!!, no es tarea fácil; menos después de haber bebido y fumado por más de un año sin dedicarle ni un minuto al cuerpo,de vez en cuando tocarme, pero eso no cuenta. Entonces voy muy juicioso a que mis ex compañeros de hockey, que hace unos 15 años estábamos casi al mismo nivel, me den ordenes porque ya son los entrenadores. “Quiubo gordito, hagale pues a ver si se acuerda como se juega esta mierda” y por otra parte están los pelaos de la nueva generación, que tambien llevan algun tiempo entrenando, algunos de 16 otros de 20 años que creen que porque ya estoy viejo, y soy de la vieja guardia del club debo estar al mismo nivel que ellos “quiubo Builes, estás como quedado y me habían dicho que vos jugabas mucho”, ahí es donde pienso, “debí haberme quedado afuera, y el culicagado este todavía pensaría lo mismo”. Uno que otro calambre que trato de disimular y logro terminar el entrenamiento. “como te fue Builes?” ” muy bien, tranqui a mi ritmo” por dentro me estoy muriendo.
Esas ganas de hacer todo como un experto, de ser mi peor jurado y creer que a nadie le gusta lo que digo, lo que hago, lo que escribo o como trato de arrastrar ese disquito bajo el agua. Pero una cosa es clara, no soy escritor, no soy deportista, no soy politólogo (aún), pero ahí voy, haciendo mi vida, tranqui a mi ritmo, calambres que trato de disimular, sigo y termino.
Me voy a buscar su sonrisa y su piel. Porque ella simplemente es quien ocupa mi mente. Porque la literalidad de la que habla es real. Porque se que lo siento es real. Porque quiero seguir sintiendo lo que siento cada vez que me mira. Porque quiero sentir ese frió cada vez que susurra mi nombre. Porque quiero estar dentro de ella cada vez que se me antoje. Porque quiero hacer de nuestra historia ese cadáver exquisito del que hablamos. No me voy detrás de un sueño. No me voy detrás de una esperanza. Me voy tras una realidad que es innegable. Irrefutable. Ahora somos nosotros y no temo.